
El lenguaje de los moribundos dice mucho. Dice lo que no alcanzan a decir las palabras. Se elabora desde adentro, a partir de las pérdidas y la vida amenazada. Se forja día a día y se modifica sin cesar. Para muchos es el último vínculo. La enfermedad corroe todo. Destiñe la vida y deshilacha el telar de la existencia. Ese resquebrajarse, ese caer, hace del lenguaje la última estación y el último hábitat. Es necesario comprenderlo. En ocasiones basta apretarles la mano para reconfortar a los moribundos. Otras veces es suficiente acariciar su mejilla. Pasar la mano por su cabeza es un acto terapéutico: les permite saber que siguen habitando el mundo de los v vivos y que hay personas cercanas a ellos. Ese lenguaje es el último reducto. Abre puertas, las propias y las de quienes escuchan. Son fragmentos vivos del alma y son una suerte de pedido. Dicen: «ayúdame a morir», «no me abandones», «abrázame», «habla con la verdad». Algunos callan, otros aprietan las manos, las suyas, las del interlocutor. Para muchos ese lenguaje es el último puente entre la vida y la muerte. Hay que escuchar primero y después contestar. Deletrear tal lenguaje es un privilegio y una obligación. ¿Qué significa «quizás esta noche no es noche»?, ¿cómo interpretar «escuchar los reclamos de los muertos, oír el dolor de los vivos»?